Marcelo el constructor
Por: Pepe Grillo Opinión Lunes 1 de Octubre de 2007 Hora de publicación: 01:34
Que hay más de 90 proyectos de construcciones para la ciudad.
Que son 15 y se analizan 10.
Que serán edificios comerciales, habitacionales, hoteles, plazas.
Que el DF será la ciudad de los rascacielos.
Pero si la inversión es privada ¿por qué la promueve Marcelo Ebrard?
¿Ahora facilitan negocios de los grandes constructores?
¿Y las casitas para pobres?
Los rascacielos de Ebrard se levantarán por toda la ciudad.
En Cuajimalpa, Azcapotzalco, Gustavo A. Madero, por Reforma, Insurgentes, el Periférico, el Circuito Interior.
¿Y el uso de suelo y los bandos de López Obrador que prohibían torres en la ciudad?
Ebrard ordenará a la ALDF el cambio fast track de las leyes.
Harían casas para los pobres, ¿ahora es mejor hacer torres de los ricos?
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Bitramposaurio
Por Denise Dresser
Un proyecto que se vende como lo que no es. Una obra que se presenta como emblemática de la modernización cuando esconde todo lo que en México persiste para frenarla. Una torre erigida para conmemorar las fiestas nacionales cuyos principales beneficios irán a parar a manos de particulares. Como un aguijón clavado en el corazón de Chapultepec. Punzante. Hiriente. Lastimoso. Colocado allí por un gobierno que se dice vanguardista pero sugiere -tanto con la sede escogida, como con el proceso cuestionable para conseguirla- que aún no entiende cómo serlo. Setenta pisos de tergiversaciones; 300 metros de manipulaciones; 6 mil 500 cajones de estacionamiento cargados de contradicciones. Una trampa para la ciudad, para el PRD que la gobierna, para los ciudadanos que la habitan.
Edificio tramposo para el proceso democrático que el PRD dice defender. Porque hay mucho de la Torre que huele mal, se ve mal, corre en contra de la transparencia y los esfuerzos para fomentarla. Paso tras paso, declaración tras declaración, el proyecto revela todo aquello que lo hace criticable. La transmutación de políticos en desarrolladores; la metamorfosis de funcionarios públicos en constructores privados; la promoción gubernamental de un proyecto que indudablemente generará multimillonarias ganancias, pero no necesariamente para la ciudad. Y una izquierda que se presta a la legislación a modo; al "fast track", a los cambios que exigen un manojo de empresarios y sus amigos.
Obra tramposa para el Estado de Derecho que la ciudad y el país necesitan. Pocas cosas peores en este trance que contemplar el aval de Marcelo Ebrard a la "flexibilización" de la ley. Que ver las reglas generales reformadas para servir a intereses particulares. Que presenciar las normas de desarrollo urbano sacrificadas por quien ganaría credibilidad con el apego irrestricto a su aplicación. Ebrard aspira a presentarse como miembro de una izquierda distinta, pero su comportamiento en este tema indica que todo cambia para permanecer igual. La misma discrecionalidad, la misma opacidad, la misma manera de gobernar al Distrito Federal que contribuye a su retroceso en lugar de asegurar su avance.
Torre tramposa para los ciudadanos que acabarán subvencionando -de diversas maneras- una obra que hará más rico al Grupo Danhos, pero a costa de los capitalinos. Los ciudadanos que pagarán el precio de ceder 30 mil metros cuadrados del Bosque de Chapultepec. Los que acabarán otorgando plusvalía mediante el cambio del uso de suelo y las reglas de altura a un terreno que actualmente vale 15 millones de dólares y acabará valiendo 180 millones más. Los que contribuirán al negocio redondo que Jorge Gamboa de Buen, "en nombre de la Ciudad", hará para sus socios. Los que padecerán el desborde de 13 mil carros previstos y tan sólo 6 mil 500 lugares de estacionamiento prometidos. Los que sufrirán días de obras interminables, meses de vialidades congestionadas, años de remodelación exasperante.
Edificio cuyo espíritu y cuyo arquitecto contradicen una celebración de lo que México es y a dónde quiere llegar. Rem Koolhaas forma parte de la corriente arquitectónica basada en la premisa: "fuck the context". En pocas palabras, no le preocupa el contexto o el futuro del Distrito Federal o la calidad de vida de sus habitantes. Lo que importa es el edificio en sí y el modo de vida "moderno" que representa: el fin de la ciudad, el fin de la identidad, el fin de la comunidad. Un estadío donde según dice, "the city is to be superseded by Bigness" (la ciudad debe ser superada por lo Grande). Y en efecto, la torre será grande pero no necesariamente grandiosa. Será alta pero no particularmente hermosa. Será -sin duda- un edificio icónico, pero no de la mexicanidad sino de los esfuerzos de un nómada global por dejarla atrás. Koolhaas ha dicho que "la arquitectura no puede hacer lo que la cultura no quiere". Y si la cultura mexicana quiere celebrar 200 años, no debería aceptar la construcción de un edificio mal bautizado que la desdeña.
Ante este racimo de razones, el gobierno de Marcelo Ebrard se equivoca -y seriamente- al argumentar que quienes se oponen al proyecto lo hacen por "mezquindad política". Es cierto que unos y otros han usado el tema para combatir al perredismo en la capital y lo seguirán haciendo. Pero al margen de las batallas políticas, existen argumentos de fondo, preguntas legítimas, preocupaciones válidas, ciudadanos consternados y con razón. El gobierno del Distrito Federal haría mal en cerrar los ojos frente a ellos. Sobre todo cuando le urge diferenciarse del autismo ante muchas causas ciudadanas que demostró su predecesor. Sobre todo cuando necesita distanciarse de aquello que aqueja a la imagen del perredismo y contribuye a desacreditarlo.
Por ello, Marcelo Ebrard y el PRD en la capital necesitan pensar en las siguientes preguntas: si el objetivo es conmemorar el Bicentenario, ¿por qué no convocar a un concurso de arquitectos mexicanos de talla mundial -Enrique Norten, Ricardo Legorreta, Teodoro González de León, entre otros- para construir un edificio que promueva lo mejor de nosotros mismos? Si lo que se busca es colocar a la ciudad en el escenario internacional, ¿por qué no construir un centro cultural o un museo o una sala de conciertos al estilo de lo que se ha hecho en Dubai o Abu Dhabi? Si el objetivo de la Torre es el desarrollo de la zona, ¿por qué no cambiarla a un lugar que realmente lo requiere, como el área de Ejército Nacional? Si el objetivo del gobierno es mejorar la vialidad y combatir el desorden en Las Lomas, ¿por qué no se aboca a ello independientemente del proyecto propuesto? Si el objetivo es cambiar la faz del paisaje urbano, ¿por qué no hacerlo en un lugar menos conflictivo? Si el objetivo es generar empleos, ¿por qué no fomentar su creación en colonias del Distrito Federal que los necesiten más? Si la Torre es "en favor de la ciudad", ¿por qué sus beneficios están tan concentrados en tan pocas manos?
Hasta ahora, la respuesta a estas interrogantes ha sido la evasión o la descalificación. El manoseo de cifras que cambian y datos que se modifican a conveniencia. La apariencia de autoridades coludidas con empresarios rapaces. La proliferación de argumentos poco convincentes que ocultan grandes intereses. El desdén a la ciudadanía y el atropello a sus derechos. Todo aquello asociado con la peor manera de hacer política y de tomar decisiones sobre el desarrollo urbano. Y por eso, la Torre del Bicentenario no es -como argumenta Marcelo Ebrard- "un símbolo del futuro de la metrópoli". Más bien parece un símbolo del pasado y las trampas que todavía puede tender.
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Las razones de la delegada
Gabriela Cuevas, Jefa delegacional en Miguel Hidalgo y columnista Invitada. La autora aborda los mitos y realidades en torno al proyecto Torre Bicentenario.
(5 agosto 2007).- A dos semanas de que el jefe de Gobierno del DF anunciara el proyecto para edificar la torre más alta de América Latina a un costado del Bosque de Chapultepec, el debate no ha cesado; por el contrario, ha sido alimentado por mitos y realidades que resulta necesario desenredar para ver el trasfondo de este proyecto.
Días antes del anuncio conocí el proyecto y manifesté a los desarrolladores mi postura: no aceptaremos que se destruya o se construya edificación alguna por encima de la ley en Miguel Hidalgo. Esa postura no ha cambiado desde ese primer día ni cambiará en lo futuro.
Los promotores (privados y gubernamentales) del proyecto señalan que la construcción de la torre generará 4 mil 500 empleos durante la construcción y 600 empleos fijos una vez inaugurada, y que representa una inversión de 600 millones de dólares para la ciudad.
Ambas aseveraciones son un mito, pues se ha revelado que la inversión tendrá como destino Holanda (en el proyecto arquitectónico) y China (adquisición de acero para la estructura).
La creación de empleos resulta cuestionable, pues ni serán permanentes ni serán de calidad. Probablemente algunos corporativos o multinacionales se mudarán a la nueva torre, trasladando a su personal, sin que ello implique contrataciones nuevas. La verdad es que no se ha anunciado que este proyecto atraiga inversión extranjera directa con la generación de empleos permanentes y de calidad.
En la Delegación Miguel Hidalgo trabajamos para atraer inversiones y generar empleos, al tiempo que ejercemos el gobierno para recuperar la calidad de vida de nuestros vecinos.
Lo legal
Mito: la ley se puede cambiar pues "una no es ninguna" y una excepción no afecta a nadie.
Realidad: sólo en la medida en que existe un marco legal respetado por todos -incluyendo la clase política- se genera confianza y certidumbre para todas las partes: a los vecinos les garantiza que no van a construir algo ilegal junto a sus hogares o negocios; a los desarrolladores, que no habrá autoridades corruptas que quieran extorsionarlos para otorgarles permisos o terminaciones de obra; a los compradores o arrendatarios, que no comprarán o rentarán una residencia u oficina que posteriormente enfrentará problemas legales.
Este proyecto viola el Programa Parcial de Desarrollo Urbano para Lomas de Chapultepec vigente desde 1992, y la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. Aquél, por cuanto no cumple con el uso de suelo, altura, densidades y restricciones; y ésta por cuanto implica la demolición del inmueble "Súper Servicio Lomas", que fue construido por el arquitecto Vladimir Kaspé en 1952, y que se encuentra enlistado por el Instituto Nacional de Bellas Artes.
Lo urbano
Mito: reordenamiento urbano significa salpicar caprichosamente una ciudad de rascacielos gigantescos.
Realidad: el reordenamiento urbano comienza por un ejercicio de planeación urbana a mediano y largo plazos, que involucre a expertos y vecinos. De este ejercicio debe emerger un plan de desarrollo urbano, como el que existe hoy día para la capital, sus delegaciones y colonias.
Reordenar es volver a ordenar, no poner el desorden. Reordenar no significa favorecer a un grupo de particulares creando usos de suelo "bajo pedido". Difícilmente se podrá justificar de forma legítima que no se otorguen similares privilegios a cualquier otro grupo o individuo que igualmente atraerían inversión y empleo de contar con tan favorables circunstancias. Y en caso de hacer justicia en el otorgamiento de usos de suelo a todos, el resultado sería el total caos -y no ordenamiento- urbano.
Lo político
Mito: oponerse a la violación de la ley y a la destrucción del patrimonio es cosa de política.
Realidad: mi postura ante esta megatorre es la misma antes y después de saber que el jefe de Gobierno la está cabildeando. Ni yo ni la ciudadanía exigimos el apego a la ley porque el señor Ebrard esté promocionando un proyecto, lo hacemos por convicción.
Mezquindad es pretender representar a la izquierda y querer festejar el Bicentenario con una torre de oficinas de lujo a la que muy pocas personas podrán ingresar. No sólo mezquindad e hipocresía, sino incoherencia y cinismo a plenitud.
El GDF debería aprender del gobierno federal, que celebrará el Bicentenario regalando a los habitantes de la capital un parque ecológico que impactará en la cultura ambientalista de generaciones futuras.
Realidad: el proyecto no es viable ni legal. Para realizarlo se requeriría que el INBA renunciase a la protección del valioso inmueble que actualmente ocupa este predio. También requeriría el aval de la ALDF para favorecer a una empresa cuyo director general (Jorge Gamboa de Buen) curiosamente fue jefe del actual Secretario de Desarrollo Urbano (Arturo Aispuro) y compañero de gabinete de Ebrard en épocas del ex regente Manuel Camacho, asesor de Andrés Manuel López Obrador, este último beneficiario de donativos de Grupo Danhos.
Realidad: este proyecto tendría un enorme impacto en la zona de Molino del Rey y la parte baja de las Lomas de Chapultepec. Por ello, la delegación valorará tanto los elementos técnicos del proyecto como las repercusiones urbanas, sociales, ambientales y de infraestructura, antes de emitir su opinión a la ALDF.
Pero la realidad más triste es que este proyecto sienta un precedente negativo para la sana convivencia social y la certidumbre de las inversiones, pues parece que el GDF negociará y hasta modificará la ley para privilegiar a sus amigos.
¿Ciudad con equidad o negocio para los cuates?
¿Primero los pobres o primero los más ricos?
Señor Ebrard, la ciudadanía espera -en acciones, no palabras- sus respuestas.
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El edificio y la ciudad
Por Jesús Silva-Herzog Márquez
La arquitectura es el arte predilecto de los autócratas. Una intervención de la creatividad que rehace el paisaje y define los espacios habitables. No hay mecanismo más potente de la propaganda. La arquitectura es un artefacto de ordenación que imprime símbolos y asienta jerarquías. Un elocuente vocabulario de poder. Adolfo Hitler fue un arquitecto frustrado. En un interesante libro sobre los usos políticos de la arquitectura en el siglo XX (The Edifice Complex: How the Rich and Powerful Shape the World, Penguin, 2005), Deyan Sudjic describe la fascinación del dictador por los volúmenes y las edificaciones. En la única ocasión que visitó París, se hizo acompañar de su estado mayor arquitectónico. Más que la estrategia militar de la victoria, le interesaba el diseño urbano de su imperio. En edificios y explanadas se fundaba un reinado que habría de durar milenios.
El vínculo entre el poder y el arte de las edificaciones es antiquísimo y ha sido bien explorado. La arquitectura puede ser demostración de fuerza, resumen del mundo, alimento de cohesión y también una presencia que intimida. Ahora la arquitectura parece juguete de otro amo: la moda. Se ha desatado en el mundo un apetito por lo que Charles Jencks llama edificios-íconos. El crítico se refiere a edificios que trascienden su función obvia. No son simplemente albergues de un museo, foros parlamentarios o salas de concierto sino algo más: construcciones expresivas que pretenden asignar nuevo significado a toda una ciudad. Íconos: metáforas misteriosas que pueden dar fama inmediata a un barrio, a un pueblo, una ciudad. Bajo el efecto del museo Guggenheim de Bilbao ha aparecido una nueva forma arquitectónica. En un mercado mundial donde todos compiten por la atención, los edificios se convierten en un señuelo de publicidad, una ostentación de vanguardismo. Pueden servir como oficinas o tiendas, pero en realidad son faros que se iluminan a sí mismos... y a sus padrinos.
Ese nuevo mundo de la arquitectura jactanciosa ha alimentado un pequeño pero notorio grupo de famosos que siembran su firma por el mundo. El arquitecto como una estrella de rock, protagonista de su película autobiográfica, anunciante de coches, conferencista ante auditorios repletos, constructor en los cinco rumbos del planeta. Rem Koolhaas, autor del mayor proyecto arquitectónico de los últimos años en la Ciudad de México, es sin duda, una figura destacada de ese club de famosos. Puede pasar una semana durmiendo en seis países; diseñó la biblioteca pública de Seattle, la tienda de Prada de Nueva York, rediseña el museo del Hermitage en San Petersburgo y construye el enorme edificio que albergará la casa de propaganda de la dictadura china. Ha ganado los máximos reconocimientos, incluido el Pritzker, ese premio siempre descrito como "el Nobel de la arquitectura". Mantiene cierta reserva crítica ante el mismo sistema publicitario que lo ha encumbrado. Un arquitecto mimado y provocador. Hace unos años denunciaba la idolatría del mercado que exige peripecias a la arquitectura que provienen de la desechable cultura del entretenimiento. El arquitecto convertido en modisto de los caprichos de empresas o gobiernos.
El edificio de Koolhaas que se pretende construir en el Distrito Federal parece el emblema de una abdicación: la noción de ciudad. Perceptivamente Paco Calderón vio en el boceto la silueta de un ataúd. Que reine el edificio, que muera el urbanismo. Ésa parece ser, precisamente, la síntesis de la filosofía del holandés. Para el arquitecto "el urbanismo no existe" y no hay razón para revivirlo o inventarlo. El urbanismo no es más que una ideología en el sentido marxista: una farsa, un sueño o un engaño. Koolhaas sostiene que la búsqueda de un espacio público no es más que un latigazo nostálgico. Dejémonos del romanticismo de las ciudades del siglo XIX. No vivimos en aldeas sino en edificios. Con la televisión, el internet y los distintos medios modernos, el espacio público ha desaparecido. La planeación urbana, el urbanismo han muerto. Sólo la arquitectura existe. En sus manifiestos contra el urbanismo, Koolhaas ha sostenido que la planeación urbana es absurda en nuestro tiempo. Preservar, por ejemplo, los espacios públicos es simplemente un disparate. El rascacielos que Koolhaas quiso matar para reinventarlo después debe ser una especie de ciudad dentro de la ciudad. Gracias a la tecnología los habitantes de esa torre podrán desarrollar todas sus actividades dentro de los pisos del edificio. Conceptualmente, se trata de construcciones desconectadas de su entorno.
Lo notable del proyecto de Koolhaas en la Ciudad de México es el vacío del que surge. La edificación más imponente de las últimas décadas en la capital no proviene de una idea de reocupación urbana: es un baúl que cae del cielo. La inmodestia del tamaño es, en sí misma, un mensaje: el edificio se planta orgullosamente ante la ciudad no para incorporarse, sino para rivalizar con ella. El inmenso bloque no se inserta en la ciudad para activar una zona, para revivir un barrio desatendido. No se instala en una zona apropiada para su inmensidad, rompe con las reglas de ordenación urbana y agrede al vecindario. La Ciudad de México recibiría bien un edificio emblemático, fresco, atrevido. Pero requiere otra cosa antes: el trazo de una recuperación urbana. Un edificio pretende suplir la ausencia de un proyecto de ciudad. Que el gobierno del Distrito Federal lo adopte como símbolo de su modernidad es, en realidad, una confesión. La torre del bicentenario es el ícono de una ciudad a la deriva.
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